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Puerta de
Oro
Por Campo Elías Romero (Q.E.P.D) |
En 1921 el eximio hombre de letras Presidente de
la República de Colombia, Marco Fidel Suárez, inauguraba,
en Barranquilla uno de los sitios que son hoy un hito cultural y
arquitectónico de la ciudad: El
Edificio de la Administración de la Aduana,
sede, hoy por hoy, de la Biblioteca Piloto del Caribe, restaurada
e inaugurada por el entonces Gobernador Gustavo Bell Lemus. Alma
del proyecto fue el primer ministro de hacienda proveniente de la
Costa, Tomás Surí Salcedo, quien obsequió a
su ciudad el hermoso y pujante conjunto que permitía entrar
a la modernidad a la República con todo su emporio de riquezas
culturales, científicas y económicas. Al dedicarlo,
emocionado, el Presidente saludó a la Capital del Atlántico,
resaltando su importancia cívica, como "Pórtico
Dorado de la República".
La frase hizo carrera, y en 1946, al inaugurar los
primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe, el Presidente Mariano
Ospina Pérez confirmó el epíteto pergeñado
por don Marco Fidel, reverenciando a Barranquilla como "Puerta
de Oro de Colombia".
Con legítimo orgullo, y no sin cierto tinte
de nostalgia, retrotraemos el tema de la Puerta Dorada, no sólo
por la deuda que tienen nuestros creadores con la producción
artística europea, y más exactamente con la del Renacimiento
Italiano, sino porque esta augusta entrada de bronce dorado, en
el pórtico oriental del Bautisterio de Florencia, constituye
un hito excepcional en la Historia del Arte de Occidente.
1400. Con el reciente declinar de Milán, la
ciudad de Florencia, recuperada de la plaga del 1399, se preparaba
para convertirse en epicentro político, económico
y cultural de la Península. "Alrededor de la catedral"
-escribe Geneviève Bresc-Bautier- comienza a armarse el más
efervescente taller escultórico y arquitectónico para
ejecutar el grandioso proyecto del 'Duomo' de la Catedral y el segundo
piso del 'Bel San Giovanni' diseñado por Giotto; mientras
tanto la poderosa Guilda de la Lana convoca en 1401 el concurso
para elaborar las dos puertas del Bautisterio. No hay aquí
necesidad de insistir en los tradicionales símbolos cristianos
de estas puertas, con todo su sentido cívico y religioso."La
publicidad que se le dio a este evento, evidencia la intención
florentina de proclamar la capacidad inventiva y genial de la Ciudad
de la Flor, su habilidad para abrir las puertas de la modernidad
y la confianza en que así permanecería por siglos
enteros".
Nunca en la historia del arte europeo se había
llevado a cabo un concurso de tan grande magnitud no sólo
estética, sino religiosa, económica, social y políticamente.
El prestigio de la Ciudad Estado estaba en juego y el concurso se
extendió a sur y norte de la península. Fuera de Ghiberti
y Bruneleschi, finalistas del evento fueron Nicolò di Piero
Lamberti, Niccolò di Lucca, Jacopo della Quercia, Francesco
di Valdambrino, Simone di Colli y otros.
Se han conservado hasta hoy los dos históricos
paneles ganadores. El tema bíblico, con todos
su "programa" se les había dado de antemano y todos
los artistas tardaron doce meses en su empeño. Como prefigura
del sacrificio de Cristo, el tema más apropiado pareció
ser el de Isaac. Fue sumamente difícil el fallo. Observé,
sin embargo, la supremacía estética de Ghiberti sobre
Bruneleschi. La repartición de éste, dentro de un
formato horizontal-vertical, no tiene mucha coherencia espacial;
se observan "puestas" las figuras como fichas de un rompecabezas.
La composición de aquél es, en su repartición
diagonal, más compacta, balanceada: se escapa de la rigidez
tardomedieval del otro y, de alguna manera prevé el desarrollo
inminente de la organización en perspectiva. Comparé
los dos Isaacs, para constatar la riqueza anatómica del ganador,
sobre la rígida angularidad del otro. Dos otros datos extraestéticos
inclinaron el fallo: La obra de Ghiberti pesaba siete kilos menos
que la de su contraparte, hecho que ahorraba a la Ciudad más
de 200 kilogramos de bronce macizo. Por otra parte la placa de Bruneleschi
comprendía siete figuras que había que soldar por
separado, proceso complicado, lento y costoso, en tanto que la de
su competidor constaba de una sóla formella, que se vaciaba
y fraguaba de una sóla vez.
Este famoso concurso ocupó a Ghiberti por
más de medio siglo. En
las primeras, situadas en el pórtico norte del
Bautisterio, trabajó hasta 1424, o sea 23 años. Tan
satisfecha quedó la Guilda con la primera puerta de Ghiberti,
que su estatus artístico y social creció de manera
sin precedentes de tal manera que (y esta afirmación del
artista es muy importante en el aspecto sociológico del Arte)
su status ascendió de mero artesano, a la categoría
de arquitecto, experto en geometría, y científico,
supervisor de la construcción de la Catedral, y, en 1425,
un año más tarde, se le encomendó la otra puerta,
que será entregada en 1452. Ya para esta, pudo exigir sus
propios términos, cuadratizar la arcáica forma lobulada,
y reducir radicalmente el número de paneles, de 28, a meramente
10.
La tremenda importancia de este último par
de puertas se refleja en los radicales cambios que desde el punto
de vista estético ocurrieron en este momento: Las tendencias
artísticas se debatían entre dos extremos: el elegante
y gentil arte cortesano típico de la
Adoración de los Magos de Gentile da Fabriano (1423)
y los comienzos del arte monumental y austero puesto en práctica
por Donatello,
Masaccio y Bruneleschi. Lo que Ghiberti descubrió y puso
en práctica fue una dulce y discreta síntesis de aquellas
dos tendencias, marcando un decisivo derrotero en la historia del
arte posterior a él.
Dado que el tema de la puerta anterior había
estado dedicado al Nuevo Testamento, vida de Cristo y símbolos
de la Ecclesia, el de ahora correspondía al del Antiguo Texto.
El programa fue rigurosamente seleccionado no sólo por los
humanistas Bruni y Traversari, sino que el pintor personalmente
propuso y realizó lo suyo. A diferencia de las otras puertas,
por primera vez ejecuta, no una
sóla escena, sino en algo con proyección
realmente "cinematográfica", varias
"acciones" dentro
de una mis en scène, y con tres técnicas
distintas, los tres relieves, "alto", "medio"
(rilievo schacciato) y "bajo". Fue originalísimo
en el sentido de que cada gesto de los protagonistas coincidía
exactamente con la edad y el sexo del personaje.
En esto fue tan certero como si hubiera producido,
tal como lo hubiera hecho recientemente Alberti, un nuevo tratado
de preceptos estéticos para la pintura, porque aquí
se "pinta" espacial y volumétricamente.
De los aspectos más fundamentales hay que
destacar su maestría en la entonces llamada "Ciencia
de la Óptica" que le permitió producir una perspectiva
transparente y definir un orden espacial coherente dentro del cual
las figuras se distribuyen a partir de puntos focales firmemente
establecidos, contra un bello paisaje naturalístico, o contra
un impecable montaje
arquitectónico, con un primoroso amor al detalle,
que, en las figuras, no sólo lo unen necesariamente a sus
contemporáneos Piero della Francesca, Baldovinetti, Fra Angélico,
Filippo Lippi y Veneziano, sino que lo anclan, en el tiempo remoto,
a la elegancia
en el drapeado y elongación de los cuerpos del
griego Lisipo.
Como si todo esto fuera poco, aquí, por primera
vez en la historia, se cometió un "pecado" en que
se sacrificó la tradición iconográfica, religiosa
y litúrgica en aras de la estética, del arte por el
arte. La obra resultó tan deslumbrante, acabada, tan hermosa,
que, contra toda previsión, los florentinos decidieron "arrumar"
la vieja puerta en el pórtico Norte y colocar la nueva, en
el pórtico oriental, vecino a la entrada catedralicia, donde,
rigurosa y litúrgicamente hubiera debido ir la Cristológica,
del Nuevo testamento, pero dada la belleza de esta obra maestra,
no tuvieron empacho en trastocar los papeles. Por ello no es de
extrañar el lapidario comentario de Miguel Ángel que
ha prevalecido hasta hoy, cuando, entusiasmado, exclamó ante
la entrada correspondiente al Antiguo Testamento: "Estas son
las verdaderas Puertas del Paraíso".
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Universidad del Norte, Barranquilla Colombia
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