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Pintores:
Efraín Cortés
 
 
EFRAIN CORTES Por: Julio Olaciregui

Al parecer el exilio nos agudiza el deseo de saber que poseemos un lugar en el mundo. Cuando se está lejos de su tierra natal el encuentro entre paisanos permite "mamar gallo", o como dicen en España, "tomar el pelo", acerca de la milenaria identidad deslizante que nos posee con sus máscaras, relacionada con una fiesta, con una costumbre -por ejemplo, los dulces de Semana Santa- con una manera de mover las caderas, con algunas leyendas, danzas e imágenes.

Tanto Efraím Cortés como yo recordamos en París el mito del hombre caimán y a partir de ese instante nos lanzamos a profundizar en su historia simbólica porque ella nos llevaba, y eso nos encanta, a interrogarnos y a respondernos al igual que los nganga (curanderos) de origen Congo en Cuba: "¿Somos o no somos? ¡Somos!"

Y desde entonces se nos agudizó el delirio de existir, como quien dice, el delirio de grandeza, tomándonos las cosas en calma para poder instalarnos frente al caballete, al lienzo, a la hoja-pantalla, a entendernos como actores en el teatro de la humanidad, así como a nivel del mito del hombre caimán es a no dudarlo pariente del Sobek, el dios cocodrilo de los egipcios.

Pintura filosófica narrativa, con claves místicas y cierta brujería es la de este pintor barranquillero. Las mujeres en el río semidesnudas riéndose con ternura del hombre caimán porque ya no puede amarlas y ahora debe contentarse con verlas, nos lleva a dejar por un rato el paraíso perdido, la sensualidad y el erotismo, para hablar de los colores, de las formas elaboradas por la memoria popular que resurgen, desde el fondo del tiempo, en la pintura de un hombre de hoy llamado Efraim Cortés.

Verde, oro, sal, la boca roja de una morena, colores presentes en los cuadros del barranquillero, sobre fondo nocturno, sueños, definen una manera de ser, en medio del barroco mundial, ligada a una geografía específica en la que mucho viene de ese mar que se tragó a los caribes ancestrales, caníbales y todo.

Después, más allá de la nación y su s fábulas históricas, nos encontramos en el presente y comprendemos que un artista colombiano de hoy, en París, sin la ficción del pasaporte, trabaja simbolizando, diagramando, diseñando, estampando sobre la deslizante realidad su propia visión, su centro, su sueño, sus jeroglíficos, sus garabatos, dibujando paisajes entrañables para el mito de la vida.

Las máscaras indias y africanas, totémicas, vienen ahora a nosotros los modernos trepadas en los camiones y carrozas del carnaval, la fiesta pagana con la que decimos adiós a la carne, en un calendario religioso que pertenece a nuestra infancia, a nuestras madres, brujas de la vida. Los cachos del toro, las manchas del tigre en el cuero amarillo, la risa tripal de la marimonda, las crestas de los caimanes que andan en el teatro callejero, también vienen de la infancia del mundo.

Los colores de las mochilas, el gris del pelo de las burras en las calles de la Arenosa, el rojo corozo y el morado obispo vuelan en las alas de mariposa que es la pintura ilusionada de Cortés. Cada cuadro suyo es una estampa de sus travesías por la noche azul turquí, pasos de un hombre soñador que atraviesa el callejón de los besos, un arroyo, el Río Magdalena o el Nilo, fuerte hombre caimán preñador, con una profundidad temporal honda como el mar frente al Cabo de la Vela en la Alta Guajira.

Cortés nos conquista un lugar en el mundo, nuestro espacio es el playón, la arena, el río con sus mujeres de canela, sus hechiceras desnudas acostadas en las hamacas. El hombre pinta a los nuestros, a los vendedores de mojarra del mercado, a los travestis del Barrio Abajo, su pintura lírica y narrativa cuenta el modus vivendi de la humanidad instalada en la Curramba histórica, en un sitio llamado Barranquilla, Colombia, Suramérica, donde confluyen los mitos, el garabato con sus danzas que busca devorarnos y nosotros rezando para que aparezca las mujer con flores de cayena en el pelo. Si meneamos nuestros ombligos juntos, Dios se reencarna, se alimenta la vida.

Cortés le pone un marco a su delirio y eso nos enseña a vivir. Un artista como él maneja el jodido tiempo como un Einstein cienaguero que viviera en Rebolo, mirando correr las aguas del pasado, soñando con las niñas de sus ojos en la mítica Isla Verde frente a Bocas de Ceniza, con la vieja ciudad, al fondo, palpitando adolescente entre los paisajes de Noé León y Alejandro Obregón.

La pintura de Cortés nos civiliza con lo que nos inspira: gozo sensualidad, más fuerza del ser, ansias de vivir, cierta nostalgia, colores carnavaleros, sabor y locura controlada, como recomienda el mama y chamán Roberto Acero.

París, Abril 30 del ’98
 

 



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