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Pintores:
María Cristina Betancourt
 
 
Por : Roberto Vargas Jiménez

Mirando la pintura de María Cristina Betancourt, uno se da cuenta de dos cosas: Una evolución muy sutil pero firme a nivel técnico y por otro lado una permanencia cada vez más arraigada de la mirada de la artista sobre los objetos de la naturaleza. Quienes empezamos a conocer la obra de María Cristina cuando estaba en su etapa de trabajo en esmalte, recordamos aún su habilidad para tratar los temas de la naturaleza con una especie de certeza de las formas que conllevaban ya esa visión penetrante y ávida que ha caracterizado su obra desde entonces. Había entonces y, lo hay ahora, un arte de mirar las formas de la naturaleza en cualquier hecho incidental. Así, cuando los materiales eran sometidos al calor del horno, se formaban abultamientos, rasgaduras y agrietamientos, brillos inusitados y deslizantes en los cuales el ojo de la artista sabía adivinar, presagiar un follaje oculto, el brillo del doblez de una hoja movida por el viento, una serranía desdibujada en un atardecer de ocre, una ola que se estrella sobre una playa sinuosa e infinita. Se trata de alguien que ve las formas de lo natural, del cosmos dibujadas en lo que a los demás mortales nos parecen simples manchas o grietas.

Cuando observamos esa misma obra quince años más tarde, notamos que aunque hay una gran transformación evolutiva en cuanto al uso de técnicas que han ido enriqueciendo los resultados plásticos, pero encontramos a la artista plantada en el mismo sitio. Desde allí, desde esa perspectiva sigue mirando al mundo con los mismos ojos a la vez inocentes y asombrados ante el fenómeno natural. La paleta se ha enriquecido con tonalidades nunca vistas en sus pinturas; se ha cuajado la flor en una afirmación tajante; se ha hecho más profunda y contrastante la naturaleza y se nota hasta una atmósfera de misterio, de un algo que sube desde lo más hondo y recóndito de la selva lluviosa, por ejemplo, algo que llega, que viene con la bruma que se esconde tras el follaje claro de lo cotidiano. Es más evidente ahora ese deseo de rescatar lo natural de ese cataclismo que parece no venir ahora de su propia dialéctica sino de la necia mano de los hombres.

 

 



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