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Pintores:
Gloria Mejía
 
 
Por : Meira Delmar

Gloria Mejía ha transitado, y no por corto tiempo, los caminos de la pintura, palabra que he debido escribir con mayúscula, porque lo de ella, lo que ella viene realizando desde siempre, es arte de verdad, gran arte, ajeno a los desequilibrios y falsas novedades que resultan ineludibles cuando el artista se lanza a recorrer la cuerda floja de la improvisación.

En la obra de esta pintora -como en el transcurso de una sinfonía- encontramos hasta ahora tres etapas o movimientos bien distintos, en todos los cuales campea claramente su maestría.

Se inició como retratista, y a fe que supo y pudo trasladar al lienzo junto con la efigie fidedigna y real -condición esta indispensable por supuesto- la imagen otra, invisible e intangible, la del alma del modelo. En nuestro país y en el extranjero varios son los privilegiados que conservan sus retratos firmados por Gloria Mejía.

La segunda fase de su trabajo estuvo dedicada al tema precolombino. Radicada por entonces en Bélgica, y quizás huyendo de los días uniformemente grises, quiso rescatar y revivir lejanas raíces no olvidadas, y comenzó a fijar en la tela líneas y colores de otro ayer tamizados por una visión personal tocada de misterio, con tan cabal acierto que le valieron la acogida de la crítica más severa y exigente.

Tras una permanencia de largos años en el exterior, Gloria Mejía ha regresado a su patria y ha emprendido el tercer ciclo de su tarea creadora. Como en una especie de deslumbramiento, se ha entregado a recuperar la belleza y el asombro de la flora y fauna de Colombia que tal parece que la hubieran estado esperando para entegarle la belleza mágica de sus formas y cadencias sintetizadas a veces en la agudeza del ojo de un águila, en la piel afelpada de un jaguar, en el reposo acechante de un león, en el cielo de un crepúsculo más que visto presentido.

Superfluo resultaría, sin duda, mencionar aquí y ahora su dominio total del oficio, la experimentada soltura del pincel, el conocimiento de la extensa gama en que suele multiplicarse el hallazgo de un color. Y tantas cosas más.

Tengo para mí, y creo no equivocarme, que lo que resta es, sencillamente, recibir su presencia con el silencio reverente de la admiración.
 

 



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