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Pintores:
Neva Lallemand
 
 
Por : Meira Delmar

Neva Lallemand o la Fidelidad, podría ser el lema que escogiera quien buscara acercarse a la obra de esta pintora nuestra que, trascendiendo las fronteras patrias de Nuestramérica.

Conocer la pintura de Neva Lallemand es penetrar en un mundo casi siempre idealizado, construído con elementos de finura singular que van, desde la línea definidora de la forma hasta el color inventado a partir de los que huyen por el agua o por el aire.

Niñas, -doncellas mejor para nombrarlas como en los cuentos, que es de donde parecen escapadas-, envueltas en suaves veladuras y tonos que se desvanecen en el horizonte, nos miran desde el lienzo con ojos ausentes, apenas insinuados, como la sonrisa que no alcanza a florecer en los labios. El paisaje que las rodea es, asimismo, una frágil presencia, nunca rotunda, que envuelve la figura tan un arroyo de música. Es un paisaje en fuga, que va camino de otro encuentro, acaso el que la aguarda en la tela vecina.

Decía, al comenzar, que para arribar a esta obra ninguna insignia mejor que aquella que nos avisa: Neva Lallemand o la Fidelidad.

En efecto, nuestra artista ha sido, durante el largo y fructuoso quehacer al que ha entregado sus horas, fiel a sí misma, a su manera espiritual. El “oficio” adquirido en años de labores y búsqueda incansables, el don de la creación, el dominio de los secretos del cromatismo y la textura, la composición y todas las reglas mágicas del arte plástico, la condujeron a la realización de una obra en la cual la reflexión y el impulso de la emoción la equilibran armoniosamente. Luego, una vez alcanzado el puerto de llegada, su pintura ha permanecido inmutable en esencia, sin por ello ser repetitiva. Esquiva a las voces de sirena de la aventura y el ensayo riesgoso donde se pierde, entre otras cosas, la propia identidad, se ha negado a la pirueta innecesaria que suele llevar a la caída. Y ha insistido en su “modo” auténtico, hasta lograr el nivel de calidad que requiere todo intento de belleza.

¿El resultado? Una obra altamente diciente del dominio formal y de la capacidad de traducir y hacer visible la tensión poética del acto creador. Una obra, en fin, que se salva, paladinamente, del olvido.
 

 



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