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Pintores:
Enrique Lamas
 
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Por Meira Delmar

Enrique Lamas pone ante nuestros ojos su obra pictórica, representada por óleos y dibujos que avalan su condición de artista integral, cuyos modos de expresión participan del sabio manejo de la línea y del color, de la pincelada morosa y amorosamente desleída en tersura, del toque singular que signa desde siempre su trabajo plástico. Unido a lo anterior, el impulso creador que lo anima y que lo ha llevado a crear su propio mundo, en el que es indiscutible maestro.

Una luminosa faceta que distingue a nuestro pintor es el clima poético que palpita en sus realizaciones. Una mirada basta para sacar valedero este aserto, que rehuye, eso sí, dilucidar las razones que le sirven de apoyo. La poesía, ya se sabe, no es susceptible de esclarecimiento, y cuanto más se procura explicar su presencia o su vacío, tanto menos se alcanza la realidad de una respuesta. De la poesía conocemos el ser, el estar ahí, pero no las causas: en cualquier ligar donde se halle podemos reconocerla, descubirla, presentirla. Puede asomar en unos versos, en la estrella de la tarde, en una frase oída al azar, en el son del mar o en la mirada de alguien que sigue con los ojos el vuelo de un pájaro. Y también en los lienzos y cartones de Enrique Lamas. Algunos de ellos se mueven en el ámbito esotérico , y surgen entonces imágenes escapadas del Tarot, como las del Ahorcado y el Loco, signos del Zodíaco, madonas, retratos, bodegones, atisbos de la picaresca. La morbidez de los volúmenes y la complacencia en el logro de las curvas femeninas se ven, con frecuencia, atemperados por el hálito lírico que roza las tonalidades de los óleos y los lápices, y crece en la interpretación del tema, librado graciosamente a la feliz tergiversación propuesta sin duda por el buen tino del pintor. Con este acierto tiene mucho que ver, igualmente, el aniñarse de algunas figuras, que adquieren, con la transformación a que se las ha sometido, un algo de tiempo detenido, un aire de siempre jamás rescatado de la magia.

El pintor chileno a quien, gracias a su larga permanencia en Colombia ya podemos llamar "nuestro", sigue enriqueciendo su obra en lo que parece ser más un mandato del sino que un reflejo de la propia voluntad. Y así van sucediéndose seres y cosas signados con el sello inconfundible de su creador, que los convierte en únicos a través del espacio y los días.

He querido detenerme un poco, a la manera del viajero que llega a un nuevo país, en los últimos trabajos de Lamas, en busca del goce estético que produce el simple hecho de su contemplación.

Un paso más y me topo con el "pequeño cazador", versión amable del Eros griego, que se mueve avizor en medio de una escala cromática de verdes inusitados. Se diría que en ese instante se oye el canto del ruiseñor.

Y sigue entonces la sorpresa del "Unicornio", la ensoñada criatura mitad verdad, mitad mentira, que desnuda en un ángulo del cuadro su blancura matizada oros, ante el asombro de dos infantes que atisban semiocultos en el follaje de hojas y flores nunca vistos, mientras en el entorno crece el silencio.

Aproximarse a Enrique Lamas es tener la certeza de descubrir a un artista en quien la inspiración -"el duende" la llamaría Federico - corre pareja con el oficio, para alcanzar la cima de lo que suele llamarse gran pintura, esa que está más allá de modas y modos, y por tal razòn permanece incólume a los embates del tiempo, inamovible y luminosa como la misma belleza.

La Maduración de un estilo

Por Campo E. Romero F.

Treinta años. Una generación y media le han tomado al artista chileno-barranquillero dulcificar sus tintes, decantar sus pasiones australes, depurar su pastosas texturas, sus matices, hasta por fin lograr una saturación estética total. Fue un áspero camino lleno de sinsabores, malquerencias. Allí donde dejaba su poderosa huella plantar, nacía con fruición el estéril "coquito" de la envidia. Pero en la madurez de su creatividad inagotable pudo cumplir al fin el precepto evangélico, siempre ineluctable, a veces cruel: "Nadie es Profeta en su tierra"

Desde su bautismo de sangre, hace añares, en el "Colombo Americano", con aquellas "sulamitas" morenas, delgadinas, no atentas más que al silencio de sus almas y tristes, tal vez avergonzadas de su cuello de patito feo, el artista a dado ahora un vuelco copernicano hacia lo excelso, hacia la plenitud y el savoir faire: El júbilo esplende macondinamente en esa profusión de carnes espléndidas, sedosas, de colores limpísimos (lo Anti-Boteriano), senos y caderas tras los cuales se esconde la Joie de Vivre Rubenesiana Un innegable "Neo-Barroco" caribeño que podemos resumir así:

Claridad, serenidad, gozo, armonía. El ojo trata, en vano, de encontrar una dificultad, un porque-sí fuera de tono, un no ser, talvezDe ninguna manera: no los halla. Solo el limpio color dociliza el lienzo, la tierna forma, siempre gentil, insospechada, la insólita delgadez de los aceites, de la dulce linaza, la delicada transparencia del los óleos, las veladuras de un Boticelli, el insospechado "Eros" del Veronese

Y como si esto fuera poco, sus felinos de seda blanquísima, todas las "buganvillias" sublunares, el oro derretido de los robles de Enero, la ternura oriental de las "lluvias de oro" y las trompetas truncas de nuestras "Capitanas" amén de los bermellones sin paz, la púrpura Tiro en las cayenas doblemente matizadas, el lapislázuli silencioso de sus colibríes. ¿Qué más podría decir este aprendiz de brujo, sino que en su paleta los colores se destacan, se integran, trepidan en los brazos de la Rosa de los Vientos, para al fin detenerse en la historia de nuestra ciudad, como se disuelven sus crepúsculos en trémulas albercas de nácar.
 

 



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