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Pintores:
Roberto Angulo
 
 
No hay artista monotemático. Por principio, por definición el espíritu poético es, por igual, profético, protéico; es un crisol cambiante, en perenne ebullición, del cual van emergiendo los más diversos dáimones: ángeles o demonios siempre antiguos y nuevos, de simas insondables a las constelaciones, ceñida su sandalia con limo de la tierra, tocada la pupila con resplandor de cielo. Pero quien mejor lo trae es, desde siempre, Homero, en el Libro IV de la Odisea. Atascado en Egipto después de Troya, el soberbio monarca Menelao no encuentra libre viento y buena mar: "Pues los Dioses son en extremo celosos cuando los hombres comienzan a hacer lo que tienen que hacer," que es lo mismo que decir, cuando comienzan a ponerse creativos. Más otra Diosa, Eidothea, feliz contradicción, facilita el camino: Consultar su itinerario con Proteo, viejo Lobo de Mar, escurridizo como las misma focas a las que apacienta en el piélago mismo. Cuando el Rey Menelao logra finalmente acorralarlo, el Dios, en un último esfuerzo se transtrueca sucesivamente en león de fuego, en camelia sangrante, alto vuelo de abejas, gacela malherida, en jabalí rampante, en dragón, en una ala de espuma, en espejo de agua, en cascada de música, en laurel. Más todo, como la poesía, hermosamente inútil, intangible, y porque Menelao, además, ya sabía de antemano la respuesta, cual la sabe el poeta aunque opte por ignorarlo: "Volver a Egipto y encender la pira". Todo artista es, pues, protéico, por definición. Pero con todo y ello, con todo y lo creativo que el nuestro es, Roberto Angulo conserva un elemento, tan simple y primigenio (como él) que lo distingue, lo signa y lo consigna como artista del Agua.

Es la luminosidad y transparencia del Aqcua, la que identifica a nuestro acuarelista: agua en todas sus formas, lluvia, en gota de rocío, en el flujo, el reflujo, el mar cambiante, la linfa detenida en el estanque, olvidada en un balde, en el pozo remoto, en la raíz agradecida del árbol embebido, en el cielo, en la nube, en el río, en la bruma grisácea de la playa, en la barca dormida, en la arena del puerto Pero nunca revuelta, nunca turbia, ni triste o mancillada, sino nueva, sencilla, franciscana, agua sumisa, iridiscente y casta, como un poema de Meira Delmar: ALABANZA DEL AGUA Presencia fina, musical, tallada en leve transparencia melodiosa. Vestidura fugaz y jubilosa de la lluvia que huye desalada. En ti recoge el alba desvelada su primera vendimia luminosa, y sombra de color, la mariposa navega en tus cristales reflejada. Levantas en tus manos la dulzura del lirio, y en tus ojos crece, pura, la sonrisa del cielo en el estío. Eres río de pájaros. Y cabe tu hermosura, que nadie medir sabe en la mínima forma del rocío.
 

 



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